Autor: José Iván Suárez

Las Alfombras de Serrín de Elche de la Sierra se han consolidado como una tradición multitudinaria

La tradición es como una semilla; puede tardar siglos en convertirse en árbol. A veces, una costumbre germina veloz y en apenas un suspiro es cultura multitudinaria, una frondosa sombra donde cobijarnos. Eso es lo que ha ocurrido con las Alfombras de Serrín de Elche de la Sierra. En algo más de cincuenta años se ha revelado como una demostración artística de enorme arraigo que atrae a miles de personas al municipio albacetense.

En el origen de esta colorida celebración se encuentra la idea de un vecino, Francisco Carcelén. Así se lo contó al pintor José Antonio Lozano unos años después, “Yo vi en Sitges aquella maravilla que hacen con sus claveles y pensé que al Corpus de Elche de la Sierra le faltaba algo, que floralmente nos estaba vedado. Y surgió, casi como tras un ¡Euréka! lo del serrín, que se amontonaba inútilmente en los aserradores. Y así de fácil se comenzó a caminar”. En 1964, Elche de la Sierra era un pueblo que, como tantos otros, estaba marcado por la emigración y por la necesidad de mirar hacia el futuro. La creación de la Gran Vía, la construcción de un mercado municipal y el trabajo en las minas de tierra blanca, fábricas de esparto o en las serrerías, evidenciaban el dinamismo de la localidad.

En aquella primera noche del Corpus, un grupo de personas pertenecientes a un cursillo de cristiandad obraron el milagro. Desde unas semanas antes y en secreto, habían estado materializando la idea de Carcelén. Y entonces llegó el asombro. El amanecer de aquel día fue tan increíble que muchos aún no lo han olvidado. De repente, algunas calles se habían llenado de colores. Como si por arte de magia se tratara, las calzadas elcheñas eran alfombras de serrín.

De seguida, comenzó a llegar gente a ver el espectáculo. En 1966 aparece la primera noticia en un periódico. El 16 de junio publica La Voz de Albacete, “la majestuosidad de la carroza, su artístico arreglo, la devoción de los fieles, su número incalculable, la belleza de sus calles, los balcones engalanados, las macetas que cubrían carrera a ambos lados, los cánticos acordes”. Un ambiente especial y un aroma único. El serrín y la viruta, madera mojada que impregnará desde entonces el recuerdo de quien contempla este arte.

Antes de la genial idea, la celebración de las comuniones en Elche olía a cacao aliente. Así lo contó Ángel Molina en su libro El Alamillo: “al término de la misa se obsequiaba a todos los niños a tomar chocolate con hornazo en la sala del Teatro Aguado”. Esto apenas persiste en la memoria. Con el comienzo de la década de los años setenta, las referencias en prensa del Corpus elcheño empezaron a multiplicarse. Entre los primeros cronistas, Tita Martínez, Sebastián Moreno o Antonio Ruescas. El hellinero era corresponsal del diario murciano Línea; esto publicó en junio de 1972: “Aprovecharán el serrín, pinturas, tierras, papeles pintados y con todo ello formarán artísticas combinaciones en un tendido y un adorno en todas las calles del recorrido que se aproxima a unos dos kilómetros”. En este mismo periódico, en 1974, se publicó uno de los primeros anuncios: “A Elche de la Sierra el Día del Corpus. A presenciar el más fabuloso espectáculo de policromía creado por el esfuerzo artístico de la juventud alfombrando el piso de las once calles del recorrido de la procesión. A las diez de la mañana en Elche de la Sierra”.

Lo cierto es que incluso para la magia hace falta un azaroso trabajo previo. Durante meses, los alfombristas idean bocetos, preparan moldes e imaginan al detalle la obra de arte efímero que desaparecerá tras el paso de la procesión. Por fin llega la noche del Corpus, “estampas curiosas se suceden a lo largo de la noche; observadores que deambulan sin cesar, radiocasettes en las ventanas, bombillas colgadas de la rejas, algún gato despistado que levanta el griterío protestón de los trabajadores del alba”, así lo narró Aurora Ortiz en el segundo libro publicado sobre las Alfombras en 1992. El primero vino al mundo en 1988, veinticinco años después de que naciera la tradición.
Por entonces los premios han superado las mil pesetas de sus inicios, ya se realiza un concurso de carteles, se trabaja en más de tres mil metros cuadrados y los alfombristas han comenzado a organizarse como asociación. Lo que no ha cambiado es la sensación inexplicable del artista. Contaba Carmen Ruiz, “en esos momentos nadie piensa que el trabajo de toda una noche conocerá solo unas horas de sol al día siguiente”. Esta es la esencia de jóvenes y veteranos o como resumía con unos versos el pionero José María Rodríguez Pinocho, “pues el grupo que empezamos / nos queda la satisfacción / que los chicos y chicas de este pueblo / cada año las hacen mejor”.

Otra imagen: “Aquí pasa Dios, pisando fuerte en el alma de la gente y se ven rostros curtidos a la orilla de la calle y siempre se percibe ese olor húmedo y como de la raíz de la tierra, de troncos cortados, de olor a resina, olor a incienso batido por el monaguillo y una campanita que anuncia que pasa lo que pasa”. Así lo contó José Sánchez de la Rosa, en La Verdad. Un espectáculo en continuo crecimiento. La tradición alfombrista es ya vanguardia del arte efímero, de este sueño de Elche de la Sierra del que nadie quiere despertar.